David Copperfield

David Copperfield

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Mis zapatos se hallaban en un estado lamentable. Las suelas se habían ido deshaciendo, poco a poco; y el cuero, además de cuartearse, había reventado hasta perder por completo su forma. Mi sombrero (que también me había servido de gorro de dormir) estaba tan aplastado y deforme que ninguna vieja cacerola abollada y sin mango, arrojada a un estercolero, se habría avergonzado de rivalizar con él. Mi camisa y mis pantalones, manchados de sudor, de rocío, de la hierba y de la tierra de Kent sobre las que había dormido –además de desgarrados–, habrían podido servir para espantar a los pájaros del jardín de mi tía, mientras yo estaba en la puerta. Mis cabellos no habían visto un peine o un cepillo desde que salí de Londres. Mi rostro, mi cuello y mis manos, nada habituados al aire y al sol, se habían quemado. Estaba cubierto de polvo blanquecino de la cabeza a los pies, al igual que si hubiera salido de un horno de cal. En ese estado, del que era perfectamente consciente, esperé el momento de presentarme ante mi formidable tía y causar en ella la primera impresión.

Me doy a conocer ante mi tía



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