David Copperfield

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No se movía nada en la ventana del salón y, al cabo de un rato, llegué a la conclusión de que la señorita Betsey no se encontraba allí; dirigí la mirada hacia la ventana del piso superior y vi en ella a un caballero de cara sonrosada, aspecto agradable y cabellos grises, que me guiñó un ojo de manera grotesca, asintió y negó con la cabeza, empezó a reírse y se esfumó.

Aquella sorprendente aparición me dejó aún más desconcertado que antes, y estaba a punto de huir para meditar lo que debía hacer, cuando salió de la casa una dama con un pañuelo atado alrededor del sombrero; llevaba unos guantes de jardinería, un delantal con un bolsillo muy grande –como los encargados de cobrar los peajes– y un cuchillo enorme. Me di cuenta en seguida de que era la señorita Trotwood, pues se acercaba con el mismo paso majestuoso que mi madre había descrito tantas veces al recordar su llegada a Rookery, en Blunderstone.

–¡Fuera de aquí! –dijo la señorita Betsey, moviendo la cabeza y agitando el cuchillo en el aire–. ¡Márchate! ¡No queremos niños por aquí!

La contemplé, con el corazón en un puño, mientras se dirigía con paso firme a un rincón de su jardín y se agachaba para arrancar alguna pequeña raíz. Entonces, sin un ápice de valor, pero empujado por la desesperación, entré silenciosamente en el jardín, me coloqué a su lado y la toqué con el dedo.


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