David Copperfield
David Copperfield Janet pareció algo sorprendida de verme inmóvil en el sofá (no me atrevÃa a cambiar de postura para no disgustar a mi tÃa), pero se fue a cumplir el encargo. La señorita Betsey iba y venÃa de un extremo a otro de la sala, con las manos a la espalda; por fin el caballero que me habÃa guiñado el ojo desde la ventana del piso superior entró riéndose.
–Señor Dick –dijo mi tÃa–, no se haga el tonto, pues, cuando quiere, puede ser más sensato que nadie. Todos lo sabemos. Asà que, sea cual sea su actitud, no se haga el tonto.
El caballero se puso muy serio y me miró, como si quisiera pedirme que no mencionara el episodio de la ventana.
–Señor Dick –prosiguió la señorita Betsey–, ¿me ha oÃdo hablar de David Copperfield? Y nada de fingir que no tiene memoria; usted y yo sabemos que no es cierto.
–¿David Copperfield? –repitió el señor Dick, que me dio la impresión de no recordar gran cosa–. ¿David Copperfield? ¡Oh, sÃ! Por supuesto, David.
–Pues bien –afirmó mi tÃa–, aquà tiene a su hijo. SerÃa exactamente igual que su padre, si no se pareciese tanto a su madre.
–¿Su hijo? –exclamó el señor Dirk–. ¿El hijo de David? ¡Claro que sÃ!