David Copperfield

David Copperfield

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Cualquier expresión que no fuera la de asombro había desaparecido del rostro de mi tía, que siguió sentada sobre la grava, con los ojos clavados en mí, hasta que estallé en llanto; se apresuró, entonces, a ponerse en pie y, después de agarrarme del cuello, me condujo a la sala. La primera medida que tomó fue abrir un gran armario, sacar varias botellas y verter en mi boca una parte de su contenido. Tengo la impresión de que las eligió al azar, pues estoy seguro de haber probado agua de anís, salsa de anchoas y un aliño para la ensalada. Cuando me hubo administrado todos esos reconstituyentes, al ver que seguía en el mismo estado de histerismo, incapaz de contener mis sollozos, me tendió encima del sofá y colocó un chal bajo mi cabeza y el pañuelo que llevaba en el sombrero bajo mis pies, a fin de que no ensuciara la tapicería; después, se sentó detrás del abanico verde que he mencionado antes, lo que me impedía ver su rostro.

–¡Que el Señor se apiade de nosotros! –decía de vez en cuando.

Y lanzaba esas exclamaciones como si fueran los disparos regulares de un fusil.

Al cabo de un rato, tocó la campanilla.

–Janet –ordenó mi tía, cuando la criada acudió–. Sube arriba, saluda al señor Dick de mi parte y dile que deseo hablar con él.


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