David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! –dijo el señor Dick–. Yo, yo… lo acostarÃa.
–¡Janet! –gritó mi tÃa, con el mismo aire triunfal que he señalado antes–. El señor Dick tiene razón. Si la cama está preparada, le llevaremos a ella.
Cuando la joven anunció que el dormitorio estaba listo, me condujeron hasta él; amablemente, pero como una especie de prisionero: la señorita Betsey me precedÃa y Janet cerraba la marcha. El único detalle que me hizo concebir alguna esperanza fue ver que mi tÃa se paraba en las escaleras para preguntar de dónde venÃa cierto olor a chamuscado, y que Janet le respondÃa que acababa de quemar mi vieja camisa en la cocina. Pero no habÃa más ropa en mi cuarto que el extraño montón de prendas que yo vestÃa; y cuando me dejaron allÃ, con una pequeña vela que, según advirtió mi tÃa, se consumirÃa en cinco minutos, les oà cerrar la puerta con llave. Y se me ocurrió pensar que la señorita Betsey, al no saber nada de mÃ, quizá temiera que tuviese la costumbre de escaparme, y hubiera decidido tomar precauciones y ponerme a buen recaudo.