David Copperfield
David Copperfield Estoy convencido de que, sin aquellos desgraciados asnos, nos habríamos entendido bien; pues mi tía había colocado su mano encima de mi hombro y yo, envalentonado por su gesto, había sentido el impulso de besarla y de pedirle su protección. Pero aquella interrupción, y lo alterados que quedaron sus nervios después del combate, pusieron fin a cualquier pensamiento más tierno; y mi tía, presa de gran indignación, aseguró una y otra vez al señor Dick que estaba decidida a apelar a los tribunales y acusar de allanamiento de morada a todos los propietarios de burros de Dover. Y no dejó de hacerlo hasta la hora del té.
Después de merendar nos sentamos junto a la ventana, al acecho de nuevos invasores (a juzgar por la expresión vigilante de la señorita Betsey), hasta que oscureció. Entonces Janet encendió las velas, colocó un tablero de backgammon sobre la mesa y bajó las persianas.
–Y ahora, señor Dick –exclamó mi tía, con aire solemne y el dedo índice nuevamente levantado–; quisiera preguntarle otra cosa. Mire a este niño.
–¿El hijo de David? –inquirió el señor Dick, con rostro atento y confundido.
–En efecto –contestó la señorita Betsey–. ¿Qué haría ahora con él?
–¿Con el hijo de David?
–Sí –replicó mi tía–. Con el hijo de David.