David Copperfield
David Copperfield No pude soportar que criticaran a mi vieja niñera, ni que le desearan algo tan terrible. Le dije a mi tÃa que estaba equivocada. Que Peggotty era la mejor amiga y criada del mundo, la más sincera, la más leal, la más abnegada y la más generosa; que siempre nos habÃa querido de todo corazón tanto a mi madre como a mÃ; que habÃa sostenido en su brazo la cabeza de mi madre agonizante y habÃa recibido de ésta su último beso. Y, al recordar a las dos mujeres, me embargó la emoción y empecé a llorar, mientras trataba de decirle que el hogar de Peggotty era el mÃo, y que todo lo que poseÃa era mÃo, y que habrÃa ido a refugiarme a su casa, si no hubiera temido ponerla en un aprieto dada su humilde condición, pero estallé en llanto mientras intentaba decirle todo eso y recosté mi cabeza sobre la mesa, con el rostro escondido entre las manos.
–¡Está bien! –dijo mi tÃa–. El muchacho tiene razón en defender a las personas que quiere. ¡Janet! ¡Los burros!