David Copperfield
David Copperfield –Es muy extraño –comentó el señor Dick, contemplando sus papeles con desaliento y pasándose de nuevo la mano por los cabellos–, soy incapaz de encontrar una explicación. Es algo que jamás he podido aclarar. Pero ¡da igual! ¡Da igual! –exclamó alegremente, recuperando el optimismo–. ¡Tenemos tiempo de sobra! Preséntele mis respetos a la señorita Trotwood y dÃgale que todo marcha viento en popa.
Me disponÃa a salir de la habitación cuando llamó mi atención sobre la cometa.
–¿Qué le parece? –preguntó.
Le respondà que era preciosa. DebÃa de tener al menos siete pies de altura.
–La he fabricado yo. Iremos a volarla juntos –dijo el señor Dick–. ¿Ve esto?
Me mostró su papel, todo cubierto de una escritura diminuta y muy cuidada, aunque tan clara que, al recorrer sus lÃneas con la vista, creà distinguir una o dos alusiones a la cabeza de Carlos I.
–Tiene un cordel larguÃsimo –explicó el señor Dick– y, cuando vuela muy alto, lleva todos estos hechos a una gran distancia. Es mi manera de difundirlos. Ignoro dónde pueden caer. Depende de las circunstancias, del viento, etc…; pero es un riesgo que corro.