David Copperfield

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La expresión de su rostro era tan dulce y tan cordial, y parecía tan respetable, a pesar de su entusiasmo y de su espontaneidad, que se me ocurrió pensar que tal vez estuviera bromeando conmigo. Así que me eché a reír, él siguió mi ejemplo, y nos separamos convertidos en los mejores amigos del mundo.

–Y bien, pequeño –dijo mi tía, cuando bajé nuevamente al salón–. ¿Cómo se encuentra el señor Dick esta mañana?

Le contesté que le enviaba saludos y que su memorial iba muy bien.

–¿Qué opinas de él? –inquirió la señorita Betsey.

Intenté eludir la pregunta, respondiendo que me parecía un caballero muy simpático; pero a mi tía no le gustaba andarse por las ramas, así que dejó la labor en su regazo y exclamó cruzando las manos:

–¡Vamos! Tu hermana Betsey Trotwood me habría dicho sin tapujos lo que pensaba. ¡Será mejor que te parezcas a ella y hables de una vez!

–¿No está… el señor Dick… y se lo pregunto porque no lo sé, tía… no está un poco mal de la cabeza? –balbucí, pues sentía que pisaba un terreno peligroso.

–¡En absoluto! –exclamó ella.

–¡Oh, claro! –repliqué débilmente.


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