David Copperfield

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La señorita Trotwood se alisó el vestido y movió la cabeza, como si el primer gesto sirviera para limar las diferencias con el resto del mundo y el segundo, para acabar con ellas.

–Tenía una hermana a la que adoraba –añadió mi tía–, que era muy buena y cariñosa con él. Pero ésta hizo lo mismo que todas las mujeres: se casó. Y el marido hizo lo mismo que todos los hombres: tratarla de un modo infame. Este hecho, que afectó sobremanera al señor Dick (y espero que nadie lo considere una locura), unido al miedo que le inspiraba su hermano y a la crueldad de éste, provocaron en él unas fiebres. Eso ocurrió antes de que viniera a esta casa, pero todavía se siente abrumado cuando lo recuerda. ¿Te ha dicho algo sobre la cabeza del rey Carlos I, jovencito?

–Sí, tía.

–¡Ah! –exclamó la señorita Betsey, frotándose la nariz como si se sintiera algo irritada–. Es una forma alegórica de evocar esta historia. Asocia su enfermedad con grandes inquietudes y trastornos, lo que es natural, y se sirve de esa figura, símil, o como quieras llamarlo. Y si lo juzga apropiado, ¿por qué no iba a hacerlo?

–Tiene razón, tía.


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