David Copperfield
David Copperfield Resultaba conmovedor, pensaba a menudo, verle jugar con su cometa cuando ésta se hallaba a gran altura. Lo que me había contado en su habitación sobre la pretensión de difundir aquellos hechos pasados en lo que no eran más que hojas viejas de memoriales abortivos podía haber sido a veces pura fantasía; pero no cuando salía de la casa y la cometa se elevaba en el cielo, mientras él sentía los tirones del cordel en su mano. Su aspecto era entonces más sereno que nunca. Cuando, al atardecer, me sentaba a su lado en una verde ladera, y le veía contemplar la cometa en lo alto, flotando en el aire tranquilo, me gustaba imaginar que su espíritu también salía de la confusión, y que ésta ascendía hasta desaparecer (tales eran mis pensamientos entonces). Cuando recogía el cordel y la cometa descendía lentamente, abandonando aquella hermosa franja de luz para caer cabeceando al suelo, y se quedaba allí como si yaciera muerta, el señor Dick parecía despertar poco a poco de un sueño. Y recuerdo haberlo visto recoger la cometa y mirar a su alrededor con ojos extraviados, como si los dos hubieran caído juntos; y yo le compadecía con todo mi corazón.