David Copperfield
David Copperfield Cuando la calesa se paró junto a la puerta, y yo contemplaba absorto su fachada, pude ver en una de las ventanas de la planta baja (en una pequeña torre que formaba uno de los ángulos de la casa) un semblante cadavérico que desapareció rápidamente. Se abrió entonces la puerta en forma de arco, y se asomó a ella el mismo rostro. Me pareció tan cadavérico como en la ventana, a pesar de que su tez tenÃa esa tonalidad encendida que a veces se observa en los pelirrojos. Se trataba de un joven de pelo bermejo, que, a juzgar por lo que sé ahora, debÃa de tener unos quince años, aunque aparentara ser mucho mayor. Llevaba el pelo cortado al rape, carecÃa prácticamente de cejas y pestañas, y sus ojos, de un color pardo rojizo, se hallaban tan poco protegidos del aire y de la luz que me pregunté cómo se las arreglarÃa para dormir. Era de hombros altos y muy huesudo; iba sobriamente vestido de negro, con un corbatÃn blanco; llevaba la chaqueta abotonada hasta el cuello; y tenÃa una mano larga y delgada, como de esqueleto, que llamó poderosamente mi atención cuando, de pie junto al caballo, se frotó la barbilla con ella, al tiempo que levantaba su mirada hacia nosotros, que seguÃamos en la calesa.
–¿Está el señor Wickfield en casa, Uriah Heep? –preguntó mi tÃa.