David Copperfield
David Copperfield –SÃ, señora –respondió–, si quiere usted hacer el favor de pasar –dijo señalando con su enjuta mano la habitación a la que se referÃa.
Bajamos del carruaje y, dejándole al cuidado del poni, entramos en una sala alargada y de techo bajo que daba a la calle; una vez allÃ, creà vislumbrar a través de la ventana cómo Uriah Heep soplaba en las fosas nasales del caballo y se apresuraba a cubrirlas con la mano, como si quisiera arrojar sobre el animal algún maleficio. Enfrente de la chimenea, enorme y muy antigua, habÃa dos retratos: en uno se veÃa a un caballero de pelo gris (a pesar de no ser, ni mucho menos, un hombre de edad avanzada) y cejas negras, que contemplaba unos documentos atados con una cinta roja; el otro representaba a una dama de expresión dulce y serena, que parecÃa mirarme.
Supongo que me disponÃa a buscar el retrato de Uriah, cuando se abrió una puerta en el otro extremo de la estancia y entró un caballero; al verlo, me volvà hacia el primer lienzo, con el fin de asegurarme de que no habÃa salido de su marco. Pero éste continuaba allÃ; y, cuando el desconocido se acercó a la luz, comprobé que era unos años mayor que la imagen del cuadro.
–Señorita Betsey Trotwood –dijo el caballero–, pase, se lo ruego. Estaba ocupado; espero que disculpe mi tardanza. Ya conoce usted el motivo. Sabe que es la única razón de mi vida.