David Copperfield

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El doctor Strong le miró con aire sorprendido, aunque no tardó en esbozar una sonrisa que me infundió nuevos ánimos, pues estaba llena de amabilidad y de dulzura, y había en ella, así como en toda su actitud (una vez que el hombre estudioso y reflexivo dejaba entrever su verdadero carácter) una enorme sencillez que resultaba muy atractiva y prometedora para un joven estudiante como yo. Al tiempo que repetía «No» y «En absoluto», además de otras exclamaciones por el estilo, el doctor Strong continuó avanzando con paso extraño y desigual; y nosotros le seguimos: el señor Wickfield muy serio y moviendo la cabeza, sin darse cuenta de que yo lo observaba.

La clase era muy grande y estaba situada en la parte más tranquila del edificio, frente a la mirada fija y majestuosa de media docena de las grandes urnas de piedra. Desde ella se dominaba un rincón del viejo y recóndito huerto del doctor, donde los melocotones maduraban al sol junto a la tapia sur del jardín. Había dos enormes áloes en dos grandes macetas sobre el césped, justo delante de las ventanas; sus hojas anchas y firmes, que parecían de hojalata pintada, han quedado desde entonces asociadas en mi imaginación con el silencio y el retiro. Alrededor de veinticinco niños, enfrascados en el estudio de sus libros, se levantaron para dar los buenos días al doctor, y de pie seguían cuando nos divisaron al señor Wickfield y a mí.


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