David Copperfield
David Copperfield Llevaba, sin embargo, tanto tiempo alejado de esa clase de muchachos, o de otros niños de mi edad, si exceptuamos a Mick Walker y a Patata Enharinada, que jamás me he sentido tan desplazado como entonces. Era consciente de haber vivido escenas de las que ellos no podÃan tener conocimiento, y de haber adquirido una experiencia que no correspondÃa a mi edad, a mi aspecto o a mi posición (que eran muy parecidos a los suyos), y tenÃa la sensación de ser casi un impostor al presentarme allà como un pequeño escolar más. Durante mi estancia en Murdstone y Grinby, fuera ésta corta o larga, habÃa perdido hasta tal punto la costumbre de participar en los juegos y diversiones de otros niños que me sentÃa torpe e inexperto en las cosas más normales para ellos. Todo cuanto habÃa aprendido se habÃa borrado de mi cabeza en medio de las sórdidas preocupaciones de mi vida cotidiana, y, después de examinarme, comprobaron que no sabÃa nada y me pusieron en el último curso. Pero, por mucho que me inquietara mi falta de habilidad infantil y mis escasos conocimientos escolares, lo que más me angustiaba era considerar que las cosas que yo sabÃa me alejaban de mis compañeros mucho más que mi ignorancia. Imaginaba qué pensarÃan si supieran lo familiarizado que estaba con la prisión de King’s Bench. ¿HabrÃa algo en mà que delatara mis transacciones con los Micawber? Todas mis visitas al prestamista, las ventas y las cenas… ¿Y si algún muchacho que me hubiera visto atravesar Canterbury, agotado y harapiento, me reconociese? ¿Qué dirÃan ellos –que apenas concedÃan importancia al dinero– si se enteraran de cuánto me habÃa costado conseguir unas monedas de medio penique para comprar la salchicha y la cerveza diarias o el trozo de budÃn? ¿Cómo reaccionarÃan ellos –que ignoraban la vida y las calles de Londres– si descubrÃan lo bien que conocÃa (lo cual no podÃa sino avergonzarme) algunos de sus barrios más miserables? Y aquellas ideas me obsesionaron hasta tal punto durante mi primer dÃa en el colegio del doctor Strong que desconfié de cualquiera de mis gestos y de mis miradas; y cada vez que uno de mis nuevos compañeros se acercaba, me encerraba en mà mismo; y, en cuanto las clases acabaron, me alejé corriendo, por miedo a traicionarme si respondÃa a la menor señal de amistad.