David Copperfield
David Copperfield Pero era tal la influencia de la vieja casa del señor Wickfield que, cuando llamé a su puerta, con mis nuevos libros escolares bajo el brazo, empecé a sentir cómo se disipaba mi nerviosismo. Al subir a mi espacioso y aireado dormitorio, la grave sombra de las escaleras pareció caer sobre mis miedos y mis dudas, y envolver en brumas mi pasado. Estudié con verdadero ahÃnco hasta la hora de cenar (terminábamos las clases a las tres), y bajé con renovadas esperanzas de llegar a ser un muchacho aceptable.
Agnes se hallaba en la sala, esperando a su padre, que seguÃa en su despacho con una visita. Me recibió con su encantadora sonrisa y quiso saber qué me habÃa parecido el colegio. Le dije que confiaba en que acabarÃa gustándome, pero que, por el momento, me sentÃa un poco extraño en él.
–¿No has ido nunca a la escuela? –le pregunté.
–¡Oh, sÃ! Todos los dÃas.
–Pero aquÃ, en tu casa, ¿no?
–Papá no podrÃa prescindir de mà –repuso, sonriendo y moviendo la cabeza–. Su ama de llaves tiene que estar cerca.
–Estoy seguro de que te quiere mucho –exclamé.