David Copperfield

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Fue un juego muy divertido; y los errores del doctor, que fueron innumerables a pesar de la vigilancia y de la gran irritación de las mariposas, contribuyeron en gran medida a ello. La señora Strong había rehusado unirse a nuestra partida, pues no se sentía demasiado bien; y su primo Maldon se había disculpado porque tenía que hacer el equipaje. Cuando éste hubo ultimado sus preparativos, sin embargo, regresó a la sala y se sentó a conversar con ella en el sofá. De vez en cuando, Annie se levantaba para ver las cartas del doctor y le aconsejaba cómo jugar. Estaba muy pálida cuando se inclinaba sobre él, y tuve la impresión de que le temblaba el dedo al señalarle las cartas; pero no creo que el doctor, radiante de felicidad por la atención que ella le prestaba, se percatara de eso.

Durante la cena, estuvimos menos animados. Todos parecíamos comprender lo difícil que resultaba una despedida como aquélla y, cuanto más se aproximaba, más incómodos nos sentíamos. El señor Maldon intentaba mostrarse locuaz, pero estaba muy nervioso y sólo conseguía estropear las cosas. En mi opinión, tampoco ayudaba nada el Viejo Soldado, que continuamente recordaba episodios de juventud de su sobrino.

El doctor, sin embargo, convencido –según creo yo– de que hacía feliz a todo el mundo, se mostraba muy satisfecho, incapaz de imaginar que nuestra alegría no fuera la más radiante y completa.


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