David Copperfield

David Copperfield

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Entré en el comedor, que estaba oscuro y desierto, pues era allí donde Agnes lo había dejado. Pero, al encontrar abierta la puerta que comunicaba dicha estancia con el despacho del doctor y ver que en éste había luz, decidí entrar para explicar lo que quería y que me dieran una vela.

El doctor estaba sentado en su butaca junto a la chimenea, y su joven esposa, en un taburete a sus pies. El doctor leía en voz alta, con aire complacido, un manuscrito que explicaba o exponía cierta teoría relacionada con su interminable diccionario, mientras ella levantaba los ojos para mirarle; pero con un rostro que no le había visto jamás. Estaba tan hermosa, tan pálida, tan abstraída en sus meditaciones, y su expresión de sonámbula reflejaba tanto horror, delirante e irreal, a algo que desconozco… Sus ojos estaban muy abiertos y sus cabellos castaños caían en dos espesos bucles sobre los hombros y sobre el traje blanco, cuyo aspecto era algo descuidado a causa de la cinta que había perdido. A pesar de la claridad con que recuerdo su mirada, soy incapaz de decir qué se leía en ella. Y no creo que tampoco pudiera hacerlo hoy, cuando aparece ante mi juicio de hombre maduro. Leo arrepentimiento, humillación, vergüenza, orgullo, amor y confianza… Y percibo en todo ello aquel horror a algo que desconozco.


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