David Copperfield

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XVII Alguien que vuelve a aparecer


No he tenido ocasión de hablar de Peggotty desde mi huida; pero, como es natural, le escribí tan pronto como me instalé en Dover, y le envié una segunda carta, más larga, con toda clase de detalles, cuando mi tía me tomó oficialmente bajo su protección. Al iniciar mis estudios en el colegio del doctor Strong, volví a dirigirme a ella, contándole con detenimiento lo feliz que era y las perspectivas que se abrían ante mí. A fin de devolverle la cantidad que me había prestado, le mandé por correo, dentro de esa última misiva, una moneda de oro de media corona; lo cierto es que no habría podido encontrar un modo de gastar el dinero del señor Dick que me produjera mayor satisfacción; y sólo en esta epístola, no antes, le hablé del joven con el carro tirado por un burro.

Peggotty respondió a todas mis comunicaciones con la prontitud, aunque no con la concisión, del empleado de una casa de comercio. Pareció agotar toda su capacidad de expresión (que no era demasiado grande sobre el papel) en el intento de escribir los sentimientos que le inspiraban mi viaje. Cuatro carillas con comienzos de frases, incoherentes y plagadas de interjecciones, con el final siempre emborronado, apenas le sirvieron de desahogo. Pero aquellas páginas me decían mucho más que la mejor redacción, pues mostraban que Peggotty había llorado al escribirla, ¿y qué más podía desear yo?


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