David Copperfield
David Copperfield –Supongo que la historia nunca miente, ¿no? –preguntó el señor Dick, con un rayo de esperanza.
–¡Por supuesto que no, señor! –contesté sin dudarlo.
Era joven e ingenuo, y estaba convencido de mis palabras.
–Pues no acabo de entenderlo –dijo el señor Dick, moviendo la cabeza–. Tiene que haber alguna equivocación. Sin embargo, ese hombre se presentó por primera vez poco después de que cometieran el error de introducir en mi cabeza algunas de las preocupaciones del rey Carlos. Yo habÃa salido a pasear con la señorita Trotwood después del té, al anochecer, y él se encontraba allÃ, cerca de nuestra casa.
–¿Paseando? –quise saber.
–¿Paseando? –repitió el señor Dick–. Déjame pensar. He de recapacitar un poco. N… no, no estaba paseando.
Le pregunté qué estaba haciendo, pues me pareció el modo más rápido de averiguarlo.
–Lo cierto es que no se le veÃa por ninguna parte –me explicó–, hasta que se acercó a tu tÃa por detrás y le cuchicheó algo. Entonces ella se volvió y cayó desvanecida, yo me quedé inmóvil y le miré, y él se alejó; pero lo más extraordinario de todo es que debe de haber estado escondido desde entonces (bajo tierra o en cualquier otro lugar).