David Copperfield
David Copperfield –¿Cree que ha estado escondido desde entonces? –pregunté.
–No me cabe la menor duda –replicó el señor Dick, mientras asentÃa gravemente con la cabeza–, ¡no habÃa vuelto a aparecer hasta ayer por la noche! Estábamos paseando y él se acercó de nuevo a la señorita Betsey por detrás, y yo lo reconocÃ.
–¿Y ella se asustó otra vez?
–Estaba toda temblorosa –afirmó el señor Dick, imitando la agitación de mi tÃa y haciendo castañetear los dientes–. Se apoyó en la valla. Lloró. Pero ven aquÃ, Trotwood –y me atrajo hacia él para decirme al oÃdo–: ¿por qué le dio ella dinero a la luz de la luna?
–Tal vez fuera un mendigo.
El señor Dick lo negó con la cabeza, rechazando tajantemente esa idea; y me repitió varias veces, y con gran convicción: «De mendigo, nada; de mendigo, nada, señor». Me contó que muy avanzada la noche, a la luz de la luna, habÃa visto desde su ventana cómo la señorita Betsey le daba dinero a aquel hombre, al otro lado de la verja del jardÃn; y cómo éste desaparecÃa, probablemente bajo tierra, mientras mi tÃa se apresuraba a entrar con todo sigilo en la casa. El señor Dick se hallaba muy inquieto, pues aquella mañana la señorita Trotwood no le habÃa parecido la misma de siempre.