David Copperfield

David Copperfield

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Recuerdo que les veíamos pasar, una y otra vez, por delante de las ventanas de la clase: el doctor leía risueño y complacido, agitando de vez en cuando el manuscrito o moviendo gravemente la cabeza; el señor Dick le escuchaba, sumamente interesado, mientras su pobre ingenio volaba plácidamente, Dios sabe dónde, con las alas de aquellos complicados vocablos. Y la recuerdo como una de las escenas más hermosas y apacibles que he contemplado jamás. Tengo la sensación de que podrían haber seguido paseando eternamente, y de que el mundo habría sido, de algún modo, un poco mejor por ello; como si mil cosas a las que el mundo concede una gran importancia no fueran ni la mitad de buenas para él, o para mí.

El señor Dick no tardó en hacerse amigo de Agnes; y, como frecuentaba nuestra casa, también conoció a Uriah. El afecto que nos unía a los dos siguió creciendo, basado en un extraño principio: el señor Dick, que supuestamente me visitaba como tutor, me consultaba todas sus dudas, por pequeñas que fueran, y seguía invariablemente mis consejos. No sólo sentía un profundo respeto por mi sagacidad natural, sino que pensaba que yo la había heredado en gran parte de mi tía.




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