David Copperfield
David Copperfield No puedo decir –la verdad es que no puedo decir– que me alegrara de ver al señor Micawber en aquel lugar; pero me sentà muy dichoso de encontrarme con él, y le estreché la mano cordialmente, mientras le preguntaba por su mujer.
–Gracias –respondió el señor Micawber, con su peculiar movimiento de mano y hundiendo la barbilla en el cuello de la camisa–. Está bastante recuperada. Los gemelos han dejado de nutrirse de las fuentes de la Naturaleza…; en una palabra –prosiguió, en uno de sus arranques de confianza–, los ha destetado, y en la actualidad se encuentra viajando conmigo. Se alegrará sobremanera, Copperfield, de reanudar su amistad con alguien que ha demostrado en todos los sentidos ser un digno pastor del sagrado altar de la amistad.
Le dije que estarÃa encantado de verla.
–Es muy amable –repuso el señor Micawber.
Después sonrió, hundió la barbilla y miró a un lado y otro.
–He descubierto a mi amigo el señor Copperfield –exclamó con elegancia, sin dirigirse a nadie en concreto–, no solo sino compartiendo un refrigerio con una dama viuda y con su, aparentemente, joven vástago; en una palabra –añadió en un nuevo arranque de confianza–, con su hijo. Me sentiré muy honrado de conocerlos.