David Copperfield

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–Por eso vinimos a conocer el Medway –insistió la señora Micawber–. En cuanto al comercio de carbón en ese río, mi opinión es que tal vez requiera talento, pero con toda certeza necesita capital. El señor Micawber posee talento, pero no capital. Hemos visitado la mayor parte del Medway y ésa ha sido mi conclusión. Como estábamos tan cerca de aquí, el señor Micawber decidió que sería una pena marcharnos sin conocer la catedral. En primer lugar, porque es digna de verse y nosotros nunca lo habíamos hecho, y en segundo, porque existían muchas probabilidades de que surgiera algo en una ciudad catedralicia. Llevamos tres días aquí –dijo la señora Micawber–, pero todavía no ha surgido nada; y usted, mi querido señor Copperfield, no se sorprenderá tanto como un desconocido cualquiera al saber que, en la actualidad, estamos esperando que nos envíen dinero de Londres para pagar la factura de este hotel. Mientras no recibamos esa cantidad –prosiguió la señora Micawber, muy conmovida–, me veré obligada a estar lejos de mi hogar (me refiero a nuestro alojamiento en Pentonville), de mi hijo y de mi hija, y de mis gemelos.

No pude sino compadecer al señor y a la señora Micawber, que se veían en un terrible apuro, y así se lo comuniqué al señor Micawber, que acababa de regresar, añadiendo que mi único deseo habría sido tener dinero suficiente para prestarles la suma que necesitaban.


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