David Copperfield
David Copperfield –Copperfield, es usted un verdadero amigo –respondió, estrechándome la mano–; pero, cuando la situación no puede ser más desesperada, todo hombre con una navaja de afeitar sabe que cuenta con un amigo.
Al oÃr esta terrible insinuación, la señora Micawber rodeó con sus brazos el cuello de su marido y le suplicó que se tranquilizara. Él rompió a llorar; pero se repuso casi en seguida, lo suficiente para llamar al camarero y encargarle para el desayuno de la mañana un budÃn de riñones caliente y un plato de camarones.
Cuando me despedà de ellos, insistieron tanto en invitarme a almorzar antes de su marcha que no pude negarme. Como al dÃa siguiente me resultaba imposible, pues tenÃa mucho que estudiar, el señor Micawber decidió visitar al doctor Strong por la mañana (presintiendo que el dinero de Londres llegarÃa en la próxima silla de posta) y pedirle que me dejara ir dos dÃas después, si me venÃa mejor. AsÃ, pues, antes del mediodÃa, me anunciaron su visita mientras estaba en clase, y fui corriendo a buscarle a la sala; me dijo que el almuerzo se celebrarÃa tal como habÃamos convenido. Cuando le pregunté si habÃa recibido el dinero, me dio un apretón de manos y se marchó.