David Copperfield
David Copperfield Estaba mirando por la ventana aquella misma tarde cuando contemplé con asombro, e incluso inquietud, cómo el señor Micawber y Uriah Heep pasaban cogidos del brazo: Uriah humildemente consciente del honor que se le hacía, el señor Micawber encantado de ofrecer su protección al joven. Sin embargo, mi sorpresa fue aún mayor al día siguiente cuando, al presentarme en la pequeña posada a la hora del almuerzo, es decir, a las cuatro de la tarde, me enteré de labios del señor Micawber que había vuelto con Uriah a casa de la señora Heep, donde había estado bebiendo aguardiente.
–Y le diré algo, mi querido Copperfield –dijo el señor Micawber–, su amigo Heep es un joven que podría ser procurador general. Si le hubiera conocido en la época en que mis dificultades hicieron crisis, estoy seguro de que mis acreedores habrían sido mucho más manejables.
Me costó entender cómo podría haber ocurrido esto, teniendo en cuenta que el señor Micawber no les había pagado absolutamente nada; pero preferí guardar silencio. Tampoco quise decirle que esperaba que no hubiera sido demasiado comunicativo con Uriah; ni preguntarle si habían hablado mucho de mí. Temía herir los sentimientos del señor Micawber o, en todo caso, los de su mujer, que era muy sensible; pero lo cierto es que no las tenía todas conmigo, y con posterioridad di muchas vueltas a todo aquello.