David Copperfield

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El almuerzo fue delicioso: un exquisito plato de pescado, un lomo de ternera asado, salchichas fritas, una perdiz y un budín. Había vino, y cerveza muy fuerte; y, después de comer, la señora Micawber preparó con sus propias manos un cuenco de ponche caliente.

El señor Micawber estaba mucho más alegre de lo habitual. Jamás le había visto tan animado. Bebió tanto ponche que su rostro brillaba como si lo hubieran barnizado. Se puso alegremente sentimental con la ciudad y le deseó toda clase de éxitos; señaló que tanto la señora Micawber como él habían sido muy bien atendidos en ella y que nunca olvidarían las horas felices que habían pasado en Canterbury. Después bebió a mi salud; y él, la señora Micawber y yo recordamos nuestras peripecias juntos, y volvimos a vender una a una todas sus pertenencias. Entonces yo brindé por la señora Micawber; o, al menos, exclamé con modestia:

–Si me lo permite, señora, será un placer para mí beber a su salud.

Al oír mis palabras, el señor Micawber se deshizo en elogios sobre el carácter de su mujer, y afirmó que ella había sido siempre su guía, filósofa y amiga; me aconsejó que, cuando llegara la hora de casarme, eligiera una mujer como ella, suponiendo que fuera posible encontrarla.


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