David Copperfield
David Copperfield Un atardecer de verano, en una hondonada cubierta de césped, al pie de un muro, acudo a mi cita con el carnicero. Me presento acompañado de los mejores alumnos del colegio; mi adversario, de otros dos carniceros, un joven tabernero y un deshollinador. Una vez cumplidas todas las formalidades, el carnicero y yo nos encontramos frente a frente. De pronto veo las estrellas, después de recibir un golpe en la ceja izquierda. En un instante, no sé dónde está el muro, ni dónde estoy yo, ni dónde están los demás. A duras penas distingo quién es el carnicero y quién soy yo, pues luchamos cuerpo a cuerpo, agarrados el uno al otro, sin dejar de propinarnos golpes sobre la hierba pisoteada. Unas veces veo al carnicero, ensangrentado pero seguro de sí mismo; otras, no veo nada, y me apoyo sin aliento sobre la rodilla de mi segundo; en ocasiones, me lanzo con furia contra mi enemigo y me destrozo los nudillos al pegarle en el rostro, sin que eso parezca afectarle. Finalmente, me despierto con la cabeza confusa y dolorida, como si saliera de un sueño muy agitado, y veo que el carnicero se aleja, poniéndose la chaqueta, entre las felicitaciones de sus dos compañeros, del deshollinador y del tabernero; deduzco, sin equivocarme, que la victoria ha sido suya.