David Copperfield

David Copperfield

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Me llevan a casa en un estado lamentable. Se apresuran a ponerme unos filetes sobre los párpados, y me frotan todo el cuerpo con vinagre y con coñac; noto cómo mi labio superior se hincha de forma desmesurada. Durante tres o cuatro días no salgo a la calle, y tengo muy mal aspecto con una visera verde sobre los ojos. Me aburriría mucho sin Agnes, una verdadera hermana para mí; se compadece de mi infortunio, me lee en voz alta y, gracias a ella, el tiempo transcurre más ligero y yo estoy más contento. Confío plenamente en Agnes; le hablo del carnicero y de todas sus ofensas; y ella opina que no me quedaba otro remedio que pelear con él, mientras se estremece sólo de pensar en nuestro combate.

El tiempo ha debido de pasar sin que yo me percatara, pues ahora Adams no es el mejor alumno. Hace tanto tiempo que nos dejó que, cuando viene a visitar al doctor Strong, somos muy pocos los que aún le conocemos. Pronto se dedicará a la jurisprudencia, será abogado y llevará peluca. Me sorprende ver que es un hombre menos desenvuelto de lo que yo recordaba, y que su aspecto es menos imponente. Tampoco parece haber conseguido revolucionar el mundo; pues éste (por lo que yo sé) continúa más o menos igual que si Adams no formara parte de él.



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