David Copperfield
David Copperfield Hay un espacio en blanco, por el que desfilan los guerreros de la poesía y de la historia en huestes majestuosas que parecen no tener fin… ¿y qué viene después? Heme aquí convertido en el primero de la clase; contemplo desde las alturas la fila de alumnos por debajo de mí y, lleno de condescendencia, me intereso por los que traen a mi memoria al niño que yo era cuando llegué a Canterbury. Aquel pequeño muchacho parece no formar ya parte de mí; lo recuerdo como algo que hubiera dejado en el camino de la vida, que hubiera visto pasar, pero que yo no hubiera sido; y pienso en él casi como si se tratara de un extraño.
Y la niña que había conocido el día de mi llegada al domicilio del señor Wickfield, ¿dónde se encuentra? También ha desaparecido. En su lugar, va y viene por la casa la viva imagen del retrato de la sala, no la pequeña que tanto se le asemejaba; y Agnes, mi dulce hermana, como la llamo en mis pensamientos, mi consejera y amiga, el ángel bueno de todos los que sienten su bondadosa, serena y generosa influencia, es toda una mujer.
¿Qué otros cambios he experimentado yo, además de haber crecido y variado de aspecto, y de haber ampliado mis conocimientos? Llevo un reloj de oro con cadena, un anillo en mi dedo meñique y una levita; y me pongo demasiada grasa en el cabello, lo que unido al anillo, es una mala señal. ¿Estaré enamorado de nuevo? En efecto. Adoro a la mayor de las señoritas Larkins.