David Copperfield

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Mi tía y yo habíamos deliberado mucho y muy seriamente sobre la profesión que debía elegir. Durante un año o más, yo había tratado de hallar una respuesta convincente a su sempiterna pregunta: «¿Qué te gustaría ser?». Sin embargo, no había nada que me atrajera especialmente. Si hubiera descubierto súbitamente en mí aptitudes para el arte de la navegación, habría podido tomar el mando de una lejana expedición y realizar importantes descubrimientos en un viaje triunfal alrededor del mundo; y me habría sentido muy feliz. Pero, en ausencia de semejante milagro, lo único que deseaba era elegir una carrera que no resultara demasiado gravosa para el bolsillo de mi tía, y dedicarme en cuerpo y alma a ella, fuese la que fuese.

El señor Dick había asistido regularmente a nuestras reuniones, con aire juicioso y pensativo. Sólo sugirió algo en una ocasión, cuando propuso que me hiciera hojalatero (no sé de dónde habría sacado semejante idea). Mi tía acogió sus palabras con tanta frialdad que el señor Dick jamás se atrevió a proferir otras; y, a partir de entonces, se limitó a escuchar atentamente las de la señorita Betsey, mientras removía su calderilla.




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