David Copperfield

David Copperfield

–Trot, querido, te diré lo que haremos –exclamó mi tía una mañana de Navidad, después de que abandonara el colegio–; como todavía no hemos decidido nada sobre este asunto tan espinoso y no debemos equivocarnos, de ser posible, será mejor que nos tomemos un tiempo de descanso. Mientras tanto, convendría que analizaras la cuestión desde un punto de vista diferente, que no fuera el de un colegial.

–Me parece muy bien, tía.

–Se me ha ocurrido –prosiguió ella– que un pequeño cambio, y una ojeada al mundo exterior, podrían ayudarte a ver las cosas más claras y a saber mejor lo que deseas. ¿Por qué no haces un pequeño viaje? A tu región natal, por ejemplo; y visitas a esa extraña mujer de nombre impronunciable –añadió, frotándose la nariz, pues jamás había podido perdonar del todo a Peggotty el llamarse así.

–¡Me encantaría, tía!

–¡Tanto mejor! –contestó ella–. Porque también a mí me complacería mucho. Es natural y razonable que te apetezca ir. Y estoy convencida de que todo cuanto hagas en la vida, Trot, será siempre natural y razonable.

–Eso espero, tía.

–Tu hermana Betsey Trotwood –añadió ella– habría sido la niña más natural y más racional del mundo. Y tú serás digno de ella, ¿verdad?


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