David Copperfield
David Copperfield –Espero ser siempre digno de usted, tÃa. Me contentaré con eso.
–Es una bendición que tu madre, esa pobre y querida pequeña, no viviera –dijo mi tÃa, mirándome con aprobación–. Se habrÃa sentido tan orgullosa de ti que hubiera perdido la cabeza, suponiendo que no lo hubiese hecho antes –siempre que mostraba alguna debilidad por mÃ, la señorita Betsey se excusaba atribuyéndosela a mi pobre madre–.¡Válgame Dios, Trot! ¡Cómo me recuerdas a ella!
–Para bien, espero.
–¡Se le parece tanto, Dick! –prosiguió, con mayor énfasis del que era habitual en ella–. Es igual que su madre la tarde en que la conocÃ, antes de que él naciera. ¡Dios mÃo! Es su vivo retrato, ¡tan cierto como que ahora me está contemplando con sus dos ojos!
–¿De veras? –inquirió el señor Dick.
–Y también se parece a David –exclamó mi tÃa, con decisión.
–Se parece muchÃsimo a él –dijo el señor Dick.