David Copperfield

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–Pero lo que yo quiero que seas, Trot –continuó mi tía–, y no me refiero física… porque físicamente no tengo nada que objetar, sino moralmente, es un joven firme y con voluntad propia. Un hombre decidido –afirmó, moviendo enérgicamente su cofia y cerrando el puño– y con carácter, Trot. Con suficiente personalidad para no dejarte influir por nadie ni por nada, salvo cuando exista una buena razón. Eso es lo que quiero que seas. Y lo que tu padre y tu madre hubieran podido ser; bien sabe Dios que les habría ido mucho mejor.

Le dije que esperaba llegar a ser como ella quería.

–Para que puedas empezar, de algún modo, a confiar en ti mismo y a tomar tus propias decisiones –añadió mi tía–, he resuelto que viajes solo. Había pensado que el señor Dick te acompañara, pero, después de reflexionar, prefiero que se quede aquí para cuidarme.

El señor Dick pareció algo decepcionado, pero su rostro no tardó en volver a iluminarse ante el honor y la dignidad de tener que velar por la mujer más maravillosa del mundo.

–Además –prosiguió la señorita Betsey–, está el memorial.


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