David Copperfield
David Copperfield –Es cierto –se apresuró a responder el señor Dick–. Me propongo acabarlo inmediatamente, Trotwood. Es preciso que lo termine en seguida. Todo seguirá su curso, sabes… –continuó diciendo, después de una larga pausa–, y se armará un buen jaleo.
Con arreglo a los planes de mi tÃa, me equiparon sin tardar con una hermosa bolsa de dinero y con un baúl de viaje, y se despidieron cariñosamente de mÃ. En el momento de partir, mi tÃa me dio algunos buenos consejos y me besó una y otra vez. Como su propósito era que yo viese un poco de mundo y tuviese un poco de tiempo para reflexionar, me recomendó que me quedase unos dÃas en Londres, si me agradaba, ya fuera a la ida o a la vuelta de Suffolk. En una palabra, tenÃa libertad para hacer lo que me viniera en gana durante tres semanas o un mes, sin más condiciones que las anteriormente mencionadas: ver un poco de mundo y considerar las cosas con calma, además de la promesa de escribirle tres veces por semana para tenerla al corriente de mi vida.
Me dirigà en primer lugar a Canterbury, a fin de despedirme de Agnes y del señor Wickfield (todavÃa conservaba mi habitación en su casa), asà como del buen doctor. Agnes se alegró mucho de verme, y me dijo que la casa no parecÃa la misma desde mi partida.