David Copperfield

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–Sólo era un muchacho, un colegial –protesté soltando también una carcajada, aunque me sentía un poco avergonzado–. Pero las cosas han cambiado, y supongo que un día de éstos me enamoraré muy de veras. Lo que me sorprende, Agnes, es que no te ocurra lo mismo.

Ella se rió de nuevo, y lo negó con la cabeza.

–Ya sé que no estás enamorada –exclamé–, de otro modo me lo habrías dicho. O, por lo menos –añadí, pues advertí un leve rubor en su rostro–, me habrías dejado que lo averiguara por mí mismo. Pero no conozco a nadie que merezca tu amor, Agnes. Tendrá que aparecer un hombre más noble y digno de respeto que cuantos he conocido hasta ahora, antes de que yo dé mi consentimiento. A partir de ahora, vigilaré estrechamente a todos tus admiradores; y te aseguro que seré muy exigente con el elegido.

Habíamos hablado hasta entonces medio en serio medio en broma, con la familiaridad que nos era habitual desde nuestra infancia. Sin embargo, Agnes, levantando súbitamente la mirada hacia mí, me dijo en un tono muy diferente:

–Hay algo que me gustaría preguntarte, Trotwood. Quizá no tenga otra oportunidad de hacerlo en mucho tiempo. Se trata de algo que no me atrevería a preguntar a ninguna otra persona. ¿Has observado algún cambio en papá?


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