David Copperfield
David Copperfield –Aquà tiene –exclamó la señora Markleham, cogiendo una carta que habÃa en la repisa de la chimenea, encima de la cabeza del doctor–. Nuestro querido muchacho dice al doctor… ¿dónde está?… ¡Oh, aquÃ!: «Lamento informarle de que mi salud se ha resentido gravemente, y que tal vez me vea en la necesidad de regresar por algún tiempo a Inglaterra, como única esperanza de curación». Eso está claro, ¡pobre muchacho! ¡Su única esperanza de curación! Pero la carta a Annie es todavÃa más explÃcita. Déjame verla otra vez, querida.
–Ahora no, mamá –suplicó la joven en voz baja.
–Querida, en algunos asuntos eres la persona más ridÃcula del mundo –repuso el Viejo Soldado–, y es posible que la menos considerada con las necesidades de su familia. Creo que jamás habrÃamos sabido nada de esa carta, si yo no hubiera preguntado por ella. ¿Y a eso le llamas, mi amor, confiar en el doctor Strong? Estoy sorprendida. DeberÃas conocerlo mejor.
Annie sacó a regañadientes la carta; y advertà el temblor de su mano cuando me la dio para que se la pasara a su madre.