David Copperfield
David Copperfield –Está bien, está bien, señora –declaró el doctor, de buen humor–, no soy un fanático de mis proyectos, y puedo desbaratarlos yo mismo. Es posible buscar una alternativa. Si el señor Jack Maldon regresa a Inglaterra por problemas de salud, no permitiremos que vuelva otra vez a la India, e intentaremos encontrar en este paÃs un puesto que le convenga más.
La señora Markleham se sintió tan emocionada por sus generosas palabras –que, huelga aclarar, ni esperaba ni habÃa instigado– que sólo pudo decirle al doctor que aquello era muy propio de él y darle golpecitos en la mano con el abanico, después de besar una y otra vez sus varillas. Luego reprochó cariñosamente a su hija Annie que no manifestara la menor alegrÃa cuando el doctor, en atención a ella, se mostraba tan bondadoso con su antiguo compañero de juegos; y nos habló de los méritos de varios miembros de su familia, a los que serÃa deseable que alguien ayudara un poco.
Durante todo ese tiempo, Annie no pronunció una sola palabra, ni despegó los ojos del suelo; el señor Wickfield, entretanto, no dejaba de mirarla, al lado de Agnes. Tuve la impresión de que ni se le habÃa pasado por la cabeza que alguien pudiera observarlo; estaba tan absorto en la joven, y en todo lo que se relacionaba con ella, que no parecÃa percatarse de nada. Preguntó qué habÃa escrito Jack Maldon, y a quién habÃa dirigido sus cartas.