David Copperfield
David Copperfield –Annie, querida –respondió su madre–; deseo pedirte, de una vez por todas, que no interfieras en mi conversación, a menos que sea para confirmar mis palabras. Sabes tan bien como yo que tu primo Maldon preferirÃa dejarse arrastrar por una manada de caballos salvajes… ¿por qué he de limitarme a cuatro? Me niego a limitarme a cuatro… ocho, dieciséis, treinta y dos…, antes que contarnos algo que pudiera desbaratar los planes del doctor.
–Los planes de Wickfield –señaló el doctor Strong, pasándose la mano por el rostro y mirando a su consejero con aire compungido–. Bueno, los planes que hicimos juntos. Mis palabras fueron: «En Inglaterra o en el extranjero».
–Y yo dije: «En el extranjero» –añadió el señor Wickfield, con gran seriedad–. Fui yo quien le envió allÃ. Soy el único responsable.
–¿Y quién habla de responsabilidad? –exclamó el Viejo Soldado–. Todo se hizo con la mejor intención, mi querido señor Wickfield; todo se hizo con el mayor cariño, lo sabemos. Pero, si ese pobre muchacho no puede vivir allÃ, es que no puede vivir allÃ. Y, si no puede vivir allÃ, morirá allà antes que desbaratar los planes del doctor. Lo conozco bien –continuó la señora Markleham, mientras se abanicaba con una especie de resignación profética–, y sé que morirá allà antes que desbaratar los planes del doctor.