David Copperfield
David Copperfield Annie, a quien iban dirigidas estas palabras, guardó silencio.
–¿Debo deducir, señora, que el señor Maldon está enfermo? –preguntó el señor Wickfield.
–¿Enfermo? –repitió el Viejo Soldado–. Mi querido caballero, el señor Maldon tiene de todo.
–¿Menos salud? –quiso saber el señor Wickfield.
–¡Exactamente! Menos salud –dijo el Viejo Soldado–. Sin duda ha padecido terribles insolaciones, malaria, fiebres y todas las enfermedades imaginables. En cuanto a su hÃgado –continuó la señora Markleham, con aire de resignación–, es algo a lo que decidió renunciar al marcharse de aquÃ.
–¿Y les cuenta todo eso en sus cartas? –inquirió el señor Wickfield.
–¿Que si nos lo cuenta en sus cartas? Mi querido caballero –contestó la señora Markleham, agitando su cabeza y su abanico–, ¡qué poco conoce a mi pobre Jack Maldon si me hace esa pregunta! ¿Que si nos lo cuenta en sus cartas? No es de esa clase de hombres. Antes preferirÃa dejarse arrastrar por cuatro caballos salvajes.
–¡Mamá! –exclamó la señora Strong.