David Copperfield
David Copperfield –Y entonces –prosiguió el doctor, con una sonrisa– no tendré que ocuparme más que de mi diccionario; y de mi otro contrato… el que firmé con Annie.
Ésta se hallaba sentada junto a Agnes, al otro lado de la mesa de té; cuando el señor Wickfield dirigió la vista hacia ella, tuve la impresión de que la joven esquivaba su mirada con cierta vacilación y con una timidez que a él le sorprendió; entonces la observó como si hubiera recordado algo.
–Veo que ha llegado correo de la India –dijo, tras un momento de silencio.
–En efecto –repuso el doctor–. Con algunas cartas del señor Jack Maldon.
–¿De veras?
–¡Pobre y querido Jack! –exclamó la señora Markleham, moviendo la cabeza–. ¡En ese clima tan terrible! Según dicen, es como vivir en un montón de arena, bajo una lupa. CreÃamos que era fuerte, pero estábamos equivocados. Mi querido doctor, era su espÃritu, no su constitución fÃsica, lo que le hacÃa parecer tan decidido. Annie, querida, estoy segura de que no has olvidado que tu primo nunca fue de complexión fuerte, lo que se dice robusto –insistió su madre, mirándonos a todos–. Es algo que supe desde que mi hija y él eran dos niños y paseaban cogidos del brazo todo el santo dÃa.