David Copperfield

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Ham estaba esperándonos, en efecto, delante de la posada; y se interesó por mi salud como si fuera un viejo amigo. Al principio tuve la sensación de que no le conocía tan bien como él a mí, pues, aunque nunca había vuelto a nuestro hogar, el hecho de haber estado allí la noche de mi nacimiento le daba cierta ventaja. Pero nuestra amistad creció rápidamente cuando me cargó sobre sus espaldas para llevarme a casa. Se había convertido en un joven fornido de seis pies de estatura, más bien corpulento y de anchas espaldas; pero la expresión infantil de su rostro y los cabellos rubios y rizados resaltaban su ingenuidad y su timidez. Vestía una chaqueta de lona, y unos pantalones tan tiesos que habrían podido mantenerse en pie sin necesidad de sus piernas. Y no podía decirse que llevara sombrero, pues, al igual que una vieja construcción, se cubría la cabeza con una especie de brea.

Ham me cargó sobre sus espaldas y se colocó uno de nuestros pequeños baúles bajo el brazo, mientras Peggotty cogía el otro; bajamos por unos senderos cubiertos de astillas y de pequeños montones de arena, y pasamos por delante de una fábrica de gas, de cordelerías, astilleros, carpinterías de ribera, talleres de desguace, arsenales de calafateo, almacenes de aparejos, herrerías y otros lugares semejantes, hasta llegar al inmenso arenal que había contemplado desde la lejanía.


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