David Copperfield
David Copperfield –¡Ahà está nuestra casa, señorito Davy! –exclamó entonces Ham.
Miré en todas direcciones, tan lejos como podÃa alcanzar mi vista; pero no conseguà descubrir ninguna casa en aquel paraje solitario, ni en el mar, ni en el rÃo. Lo único que divisé fue una especie de gabarra negra o vieja embarcación, clavada en la arena, de donde salÃa —a modo de chimenea— un tubo de hierro que humeaba apaciblemente; era el único lugar habitable que aparecÃa ante mis ojos.
–¿No será aquello? –pregunté–. Aquello que parece un barco…
–SÃ, señorito Davy –respondió Ham.
Supongo que no me habrÃa fascinado más la romántica idea de vivir en él si hubiera sido el palacio de Aladino, con huevo de ruc[8] incluido. TenÃa una graciosa puerta en un costado, y un tejado y unas ventanas diminutas; pero su mayor encanto residÃa en que era un barco de verdad, que sin duda habÃa navegado cientos de veces sobre las olas, y que no habÃan construido para ser habitado en tierra firme. Y eso fue precisamente lo que me cautivó. Si hubiera estado destinado a servir de vivienda, tal vez lo habrÃa encontrado pequeño, o incómodo, o solitario; pero, al no haberse previsto semejante fin, resultaba una morada perfecta.