David Copperfield
David Copperfield El interior resplandecía de limpio, y no podía estar más ordenado. Había una mesa, un reloj holandés y una cómoda; y sobre ésta, una bandeja de té, en la que aparecía pintada una dama con sombrilla que paseaba junto a un niño con aire marcial que jugaba al aro. Una Biblia impedía que la bandeja se cayera; pues, de haber ocurrido así, se hubieran hecho añicos las tazas, los platillos y la tetera agrupados alrededor del libro. En las paredes había láminas enmarcadas con algunas escenas famosas de las Sagradas Escrituras; y siempre que las he vuelto a ver en manos de algún buhonero, acude a mi pensamiento el interior de la casa del hermano de Peggotty. Abraham, en rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, en azul; y Daniel, en amarillo, arrojado a una fosa de leones verdes, eran las dos que llamaban más poderosamente la atención. Sobre la pequeña repisa de la chimenea, había un cuadro del lugre Sarah Jane, construido en Sunderland, al que habían incrustado una pequeña popa de madera; una obra de arte, en la que se combinaban carpintería y pintura, y que yo consideraba uno de los bienes más codiciables que el mundo podía ofrecer. En las vigas del techo había varios ganchos, cuya utilidad fui incapaz de adivinar entonces. Cofres y cajones servían de asiento y suplían la falta de sillas.

El señor Peggotty me brinda su hospitalidad