David Copperfield
David Copperfield Vi todo esto en cuanto crucé el umbral de la puerta –algo natural en un niño, según mi teorÃa–, y entonces Peggotty abrió una pequeña puerta y me enseñó mi dormitorio. Era el rincón más maravilloso que ha existido jamás, y se encontraba en la popa del barco. TenÃa una ventana diminuta en el lugar que antes atravesaba el timón; un espejito clavado en la pared, justo a mi altura, con un marco de conchas de ostra; una pequeña cama con el espacio suficiente para tenderme en ella; y un ramillete de algas marinas en un jarro azul, encima de la mesa. Las paredes, encaladas, eran blancas como la leche; y la colcha de retales pareció deslumbrarme con su colorido. Me di cuenta de que aquella bonita casa olÃa mucho a pescado, de un modo tan penetrante que, cuando saqué el pañuelo para limpiarme la nariz, éste parecÃa haber servido para envolver una langosta. Al comunicarle este descubrimiento a Peggotty, de forma confidencial, me dijo que su hermano se dedicaba a la venta de langostas y cangrejos; más tarde averigüé que un pequeño cobertizo de madera, donde se guardaban ollas y cazuelas, estaba siempre lleno de estos crustáceos, asombrosamente pegados entre sà y agarrando con sus pinzas cuanto encontraban a su paso.