David Copperfield

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Nos dio la bienvenida una mujer muy amable con un delantal blanco, que nos había estado saludando desde la puerta cuando aún estábamos a un cuarto de milla de distancia y Ham me llevaba sobre sus espaldas. También nos recibió una niña muy hermosa (o así me lo pareció) con un collar de cuentas azules, que impidió que la besara cuando me disponía a hacerlo y corrió a esconderse. Más tarde, después de una opípara cena en la que nos ofrecieron lenguados hervidos, mantequilla derretida y patatas, además de una chuleta que sirvieron en mi plato, llegó un hombre de rostro bonachón y abundante cabellera. Llamó a Peggotty «chiquilla» y le dio un sonoro y efusivo beso en la mejilla. Como la conducta de ésta siempre era intachable, no tuve la menor duda de que se trataba de su hermano; y no me equivoqué, pues no tardaron en presentármelo como el señor Peggotty, el dueño de la casa.

–Me alegro de conocerle, señorito Davy –exclamó–. Le pareceremos algo toscos, pero intentaremos hacer agradable su estancia.

Le di las gracias, y le aseguré que sería muy feliz entre ellos.

–¿Qué tal se encuentra su madre? –preguntó a continuación–. ¿La ha dejado bien de salud?


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