David Copperfield
David Copperfield Le respondà educadamente que la habÃa dejado todo lo bien que podÃa desear, y que ella me habÃa encargado que le transmitiera sus saludos, lo cual era una mentira por mi parte.
–No sabe cuánto se lo agradezco –dijo el señor Peggotty–. Pues bien, si puede usted pasar quince dÃas aquà con ella –añadió, señalando con la cabeza a su hermana–, con Ham y con la pequeña Emily, nos sentiremos muy honrados con su compañÃa.
Después de hacerme los honores de la casa con tan hospitalarias palabras, el señor Peggotty salió a lavarse con agua caliente, afirmando que el agua frÃa no podÃa quitar una suciedad como la suya. No tardó en entrar de nuevo, con mucho mejor aspecto, aunque su rostro era tan rubicundo que no pude dejar de pensar que tenÃa algo en común con langostas y cangrejos, pues se metÃa negro en agua caliente y salÃa muy colorado de ella.