David Copperfield
David Copperfield Después del té, cuando la puerta estuvo cerrada y la estancia bien caliente (pues las noches eran frÃas y brumosas), me pareció el refugio más delicioso que la imaginación humana podÃa concebir. OÃr el viento levantándose en el mar, saber que la niebla se extendÃa lentamente por aquella llanura desolada, contemplar el fuego, pensar que no habÃa ninguna otra casa en los alrededores y que estábamos en un barco: habÃa algo mágico en todo aquello. La pequeña Emily habÃa vencido su timidez y se sentaba a mi lado en el cajón más bajo y endeble de la sala, que era suficientemente ancho para los dos y encajaba justo en el rincón de la chimenea. La señora Peggotty, con su delantal blanco, tejÃa frente al fuego. Peggotty parecÃa sentirse en su propia casa mientras cosÃa con la catedral de Saint Paul y el pedacito de cera en su regazo, como si estos objetos hubieran estado siempre bajo aquel techo. Ham, que habÃa estado enseñándome a jugar a all-fours con una baraja mugrienta, trataba de recordar cómo se echaban las cartas para adivinar el porvenir, e iba dejando la marca de su pulgar pegajoso en el dorso de todas ellas. El señor Peggotty fumaba su pipa. Sentà que habÃa llegado la hora de conversar y de hacernos confidencias.
–Señor Peggotty –empecé a decir.
–¡SÃ, señorito Davy! –contestó.
–¿Puso a su hijo el nombre de Ham porque vive en una especie de arca?[9]