David Copperfield

David Copperfield

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Soy incapaz de describir la impresión que eso me causó; sólo sé que, cuando más tarde pensaba en Annie, me resultaba imposible volver a ver su hermoso e inocente rostro y olvidar aquella escena. Es algo que me atormentó al regresar a casa. Tenía la sensación de haber dejado el techo del doctor bajo la amenaza de una nube negra. La veneración que yo sentía por sus cabellos grises parecía mezclarse con la compasión que me inspiraba su fe en aquellos que le traicionaban y con el odio a quienes le perjudicaban. La sombra inminente de una gran desgracia y de una gran deshonra, todavía sin contornos claros, caía como un borrón en el tranquilo lugar donde había estudiado y jugado de muchacho, y lo envilecía cruelmente. Y no volví a recordar con placer los viejos y solemnes áloes de hojas anchas y firmes, que llevaban cien años juntos en sus macetones; ni el suave césped siempre tan bien cuidado; ni las urnas de piedra; ni «El Paseo del Doctor»; ni el agradable tañido de las campanas de la catedral, que se oía en toda la ciudad. Era como si hubieran saqueado ante mis ojos el apacible santuario de mi infancia, y hubiesen arrojado su paz y su honor al viento.





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