David Copperfield
David Copperfield Con la mañana llegó el momento de abandonar aquella vieja casa, impregnada de la dulce presencia de Agnes; y eso acaparó toda mi atención. No tardaría en regresar a ella, sin la menor duda, y volvería a dormir, quizá con frecuencia, en mi antiguo dormitorio; pero los días de mi residencia en Canterbury habían terminado, y los viejos tiempos se habían ido para siempre. Mientras empaquetaba los libros y la ropa que seguía teniendo allí, a fin de enviarlos a Dover, me esforcé por disimular ante Uriah Heep lo apesadumbrado que me sentía; éste se mostró tan solícito al ayudarme que tuve el pensamiento poco caritativo de que se alegraba de mi marcha.
Me despedí de Agnes y de su padre haciendo gala de una indiferencia muy varonil y ocupé mi asiento en el pescante de la diligencia de Londres. Al atravesar la ciudad, me sentía tan generoso e indulgente que estuve a punto de saludar a mi viejo enemigo el carnicero y de lanzarle cinco chelines para que se los gastara en bebida. Pero parecía un carnicero tan obstinado mientras limpiaba su enorme tajo, y su rostro había mejorado tan poco con la pérdida de uno de los dientes delanteros, que yo le había roto, que decidí dejar las cosas como estaban.